Primavera en otoño

No sé dónde leí que el otoño es, a su manera, una especie de primavera. Las hojas que se caen dejan paso a otras nuevas y es, por decirlo de algún modo, una especie de renacimiento. Un proceso de renovación. Y a mí me gusta verlo así también; tiene algún que otro tinte romántico.

Todos los otoños tienen su encanto, pero este, para mí, es más especial. Lo que parecía un noviembre más resultó ser el mes en el que yo misma renací. Después del llanto -como cualquier bebé sanote-, abrí los ojos y volví a ver la luz como si fuera la primera vez.

Como si se tratase de un momento de lucidez en el que, de repente, te das cuenta de que la vida no es tan seria; al menos no tanto como estabas tomándotela hasta ahora. Te das cuenta de que hay cosas por las que merece la pena luchar y, desde luego, personas por las que merece la pena todo. Que quizás la perfección está sobrevalorada y que lo imperfecto tiene su encanto, pero solo si sabes valorarlo y encontrar la parte positiva; porque supongo que la mayoría de las cosas la tienen, si sabes mirar bien.

La vida es más simple que todo eso, solo si nosotros estamos dispuestos a poner de nuestra parte. De nada sirve perder el tiempo con pequeñeces que nos dan dolores de cabeza o nos quitan el sueño, no es productivo en absoluto. Y la cosa no está como para ponerse a malgastar minutos tan valiosos con pensamientos negativos.

Porque sí, me he dado cuenta de que no todo es tan complicado y que somos nosotros los que enrevesamos hasta las cosas más sencillas.

Que la vida es más bonita cuando estás sonriendo y que, por obvio que parezca, la felicidad genera más felicidad; o al menos hace que las cosas sean más fáciles.

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